Fotos: Francisco Parrilla
Una entrada de 1988 recuerda el concierto de Joaquín Sabina en la Ciudad Deportiva de Lanzarote. Años después, el cantante revelaría que una de sus canciones más populares fue escrita en la isla junto a Pancho Varona. La historia de «Y nos dieron las diez» mezcla giras, camareras, un bar de Arrecife y unos versos que también acabarían en manos de Enrique Urquijo.
El martes 11 de octubre de 1988, a las nueve y media de la noche, Joaquín Sabina tenía una cita en la Ciudad Deportiva de Lanzarote. El concierto formaba parte de la celebración del 75º aniversario del Cabildo y de aquella actuación queda, entre otros testimonios, una entrada que ha sobrevivido al paso del tiempo: una fotografía de un Sabina de 39 años, todavía lejos de convertirse en el personaje de bombín y barba de sus últimas décadas, impresa junto al lugar, la fecha y la hora. Faltaban casi cuatro años para que publicara Física y química y para que una canción sobre un músico, una camarera y una noche después de un concierto se convirtiera en uno de los mayores éxitos de su carrera.
La existencia de aquella actuación resulta especialmente sugerente porque Lanzarote ocupa un lugar confirmado en la historia de Y nos dieron las diez. Durante años, distintos lugares de España trataron de reconocerse en aquel indeterminado «pueblo con mar» en el que Sabina situó la acción. Gijón fue uno de los candidatos más repetidos y precisamente allí, en una entrevista publicada por El Comercio en 2015, el cantante respondió a quienes daban por hecho el origen asturiano de la historia. «Lo bueno que tienen las canciones es que en ese caso vale para todos los sitios que tienen mar, para eso las escribe uno. ¡Pero era Lanzarote!», afirmó entonces, unas declaraciones de las que se hicieron eco los medios de la isla.
La vinculación, sin embargo, es algo más compleja que la tentadora historia según la cual Sabina habría terminado el concierto de 1988, encontrado abierto un bar lanzaroteño y vivido exactamente lo que cuatro años después contó en una canción. El propio músico ofreció una explicación mucho más precisa en 2014, cuando repasó para El País la historia de Y nos dieron las diez. Sabina explicó que la camarera de la canción no procedía de un único episodio. Durante aquellas giras, después de los conciertos, él y sus músicos salían a tomar algo y en varias ocasiones se encontraron con bares cerrados que alguna camarera terminó abriendo para ellos. «No fue una vez, sino varias», recordó. La experiencia real fue transformándose hasta convertirse en una historia ficticia, aunque el lugar donde finalmente consiguió darle forma sí lo señaló sin ambigüedad: «En realidad, está escrita en Lanzarote».
Sabina viajaba entonces a las islas con Pancho Varona buscando algo que empezaba a resultar difícil de encontrar para un músico cada vez más conocido: tranquilidad. «A veces Panchito y yo nos íbamos a una isla donde nos conociera poca gente o hubiera tranquilidad para escribir», explicó en aquella misma conversación con El País. Y nos dieron las diez, que llevaba tiempo sin terminar de funcionar, salió finalmente «de un tirón» durante una de aquellas noches lanzaroteñas. La revelación volvería a aparecer públicamente en 2023, cuando Sabina inició en Las Palmas la parte española de su gira Contra todo pronóstico. RTVE recogió entonces que el cantante había contado al público que aquella canción no había sido escrita en México, como algunos suponían por su inequívoca estructura de ranchera, sino en Lanzarote.
El recuerdo de Pancho Varona permite acercar todavía más el objetivo. Según el relato suyo recogido por Julio Valdeón en la biografía Sabina. Sol y sombra y recuperado posteriormente por Cadena SER, la historia de las dos canciones que terminarían naciendo de aquellos versos comenzó en un bar de Arrecife. Sabina y Varona habían viajado a Lanzarote para concentrarse en la escritura del siguiente disco cuando, sentado en aquel establecimiento, Sabina pidió un bolígrafo y empezó a escribir sobre un par de servilletas. Era todavía una letra incompleta, pero allí estaba ya el comienzo de una historia que terminaría perteneciendo a dos autores diferentes.
Sabina en su paso por Lanzarote en 1988
De unas servilletas en Arrecife a Enrique Urquijo
Porque la genealogía de Y nos dieron las diez tiene una de las bifurcaciones más conocidas de la música popular española. De regreso en Madrid, aquellos primeros versos llegaron a Enrique Urquijo. Sabina contó en la citada entrevista con El País que el líder de Los Secretos había ido a su casa y le preguntó si tenía alguna letra disponible. Él le entregó la que estaba escribiendo, todavía sin estribillo y sin desenlace. Urquijo continuó aquella historia por su cuenta y Sabina hizo después lo mismo. No hubo disputa por la coincidencia. «Él siguió contando una historia preciosa que no era la mía; y yo también la seguí», recordaría Sabina muchos años después.
De aquel tronco común salieron Ojos de gata y Y nos dieron las diez. La primera apareció en Adiós tristeza, el disco publicado por Los Secretos en 1991; la segunda abrió Física y química en 1992. Las dos parten del mismo encuentro entre un músico que acaba de actuar y una mujer detrás de una barra, pero pronto toman caminos distintos. Diego A. Manrique explicaría años después en El País, al escribir sobre Enrique Urquijo, que pocas canciones retrataban mejor las diferentes personalidades de ambos autores: Sabina conducía su relato hacia la conquista amorosa y después hacia un regreso casi cinematográfico al lugar de los hechos; Urquijo llevaba al mismo personaje hacia la inseguridad, la melancolía y la derrota.
La coincidencia llamó la atención desde el mismo momento de su publicación. En mayo de 1992, recién aparecido Física y química, Sabina se quejaba en una entrevista con El País de que algunas emisoras no quisieran programar su nuevo sencillo mientras sí pinchaban Ojos de gata, que él mismo definía como «prácticamente la misma canción». El periódico tuvo que explicar a sus lectores el origen compartido de ambas: Sabina había escrito los versos iniciales y cada uno de los dos músicos había continuado después el relato a su manera.
El desenlace comercial tampoco fue el que Sabina esperaba. Él mismo ha reconocido que inicialmente no confiaba demasiado en la canción y que tampoco lo hacían algunos de sus músicos ni Joan Manuel Serrat. Sin embargo, Y nos dieron las diez se convirtió en el mayor éxito que había tenido hasta entonces, disparó las ventas de Física y química y tuvo una repercusión especialmente grande en Latinoamérica. Sabina, que había construido la canción siguiendo la tradición de las rancheras de José Alfredo Jiménez, terminaría escuchándola interpretada por mariachis que incluso discutían su autoría y la atribuían a compositores mexicanos, según recordó el propio músico al reconstruir la historia de la canción. Para alguien que aspiraba a que sus canciones acabaran formando parte del repertorio popular, aquello era probablemente la mejor victoria posible.
La noche que la historia no permite confirmar
Queda entonces la entrada de aquel 11 de octubre de 1988 y una pregunta para la que no existe una respuesta documental. Sabemos que Sabina actuó aquella noche en Lanzarote y sabemos, porque él y Pancho Varona lo han contado, que la isla fue uno de los lugares a los que acudieron para escribir y que aquí terminó naciendo Y nos dieron las diez. Sabemos también que Varona sitúa en un bar de Arrecife el momento en que Sabina empezó a escribir aquellos versos sobre unas servilletas. Lo que no sabemos es si ambos episodios pertenecen al mismo viaje, ni mucho menos si el concierto anunciado en aquella vieja entrada fue el que precedió a la noche que terminó transformada en canción.
Intentar hacerlos coincidir sería convertir una buena historia en una leyenda y presentarla como cierta. Ni siquiera Sabina sostiene que Y nos dieron las diez reproduzca una única noche real. Al contrario: cuando tuvo ocasión de explicar su origen, habló de experiencias acumuladas durante años de carretera y de una ficción construida a partir de ellas. Incluso las fuentes que han tratado de localizar a la misteriosa camarera o identificar el pueblo concreto han terminado encontrándose con las contradicciones propias de una canción que fue escrita precisamente para que cualquiera pudiera imaginar su propio lugar junto al mar. RTVE, por ejemplo, reconstruyó el origen de la canción con motivo del 30º aniversario de Física y química y recogió otra versión que sitúa parte de la inspiración en las noches madrileñas de Malasaña, aunque mantiene la relación sentimental con Lanzarote.
Eso no resta protagonismo a la isla; al contrario, permite situarlo donde las fuentes son más sólidas. Lanzarote forma parte de la historia de la composición de una de las canciones fundamentales de Sabina. Aquí encontró junto a Varona el aislamiento necesario para terminarla y, según el recuerdo de este último, en un bar de Arrecife aparecieron sobre unas servilletas unos versos que después viajaron hasta Madrid y cayeron en manos de Enrique Urquijo. De aquella escritura terminaron saliendo Ojos de gata y Y nos dieron las diez, dos canciones diferentes nacidas de una misma historia y convertidas, con apenas unos meses de diferencia, en clásicos del repertorio de Los Secretos y Joaquín Sabina.
Treinta y ocho años después, la vieja entrada de la Ciudad Deportiva no permite resolver el misterio, pero sí devuelve la historia a un tiempo muy concreto. En octubre de 1988, Sabina todavía no había escrito Y nos dieron las diez, Física y química no existía y Enrique Urquijo aún no había convertido aquellos versos compartidos en Ojos de gata. Joaquín Sabina era simplemente un músico que llegaba a Lanzarote para dar un concierto. En algún momento de aquellos años regresaría a la isla con Pancho Varona, se sentaría en un bar de Arrecife, pediría un bolígrafo y continuaría escribiendo. Lo que salió de aquellas noches terminaría sonando durante décadas mucho más allá del lugar en el que había sido escrito.